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Maria Lanz
27 de ene. de 2018

DESESPERANZA

0 comentarios

Hola a todos:

 

Me gustó mucho la película ‘El otro lado de la esperanza’. Eva, en su habitual sinopsis semanal, nos cuenta que el director, Aki Kaurismaki, “se reconoce un admirador de Chaplin y de su forma de hacer tragicomedias: cuando observas un plano general, es cómico, pero a medida que la cámara se acerca se descubre la tragedia.”; o lo que es lo mismo: la vida parece un melodrama si se ve en primer plano, y una comedia si se ve en plano general.

 

Chaplin quería decir que la distancia desde la que observamos nos permite entender las cosas de una manera o de otra, dependiendo de si estamos más cerca o más lejos. Chaplin era, a mi juicio, un auténtico genio de la comunicación, pues comunicaba los sentimientos sin palabras. Refiriéndose de nuevo a Kaurismaki, también escribió Eva que “quizá sus películas tienen un humor absurdo y sus personajes son extravagantes y por eso quizá también es capaz de mostrarnos lo peor y lo más valioso del ser humano.” Esos comentarios antes de ver la película me ayudan a acortar un poco esa ‘distancia desde la que observo’.

 

Tengo muy claro que los refugiados no han hecho nada, salvo llegar; no son delincuentes y, sin embargo, no tienen derechos. El cierre de fronteras les obliga a buscar rutas más peligrosas en las que se juegan la vida. Son carne de emotividad, carne de lavado de conciencia para una Europa que sistemáticamente ha dado la espalda a esta crisis humanitaria.

 

El director, que esgrime patente de corso, se imagina o inventa cosas, situaciones, y golpes de humor -no tan absurdo-, para mostrarnos una verdad inconcusa -se mire desde la distancia que se mire-. Y si te acercas un poco, ves las arrugas que en el alma tienen algunos de los ‘buenos’ refugiados, porque hay otros ‘no buenos’ que por mucho que te acerques no les verás las arrugas, ya que no tienen alma. Y eso nos preocupa a todos; cualquiera está en su derecho de sentir miedo; cualquiera tiene derecho a sentir lo que quiera. Y no son solo los gobiernos los culpables de esas tristes situaciones. Los refugiados, los migrantes, o como queramos llamarlos, llegan soñando una vida mejor y se encuentran con una más complicada; los ‘buenos’ quieren integrarse, aprender los idiomas oficiales, sacar adelante a sus familias, y tener un cálido hogar. Pero ¿cómo distinguir a los ‘no buenos’? ¿Y si quieren convertir a nuestro perro al fundamentalismo islámico?

 

Nuestra Sociedad adolece de insolidaridad; sí, de falta de empatía, y el drama de los refugiados es vergonzoso. Es un suceso infortunado de la vida real, capaz de conmover vivamente a cualquiera con un mínimo de sentimiento, sobre todo, asistiendo a un cinefórum a visionar una película de un director capaz de escribir un guion tan elocuente. Pero también hay más dramas, vergonzantes para aquellos que se ven en la necesidad de pedir limosna para sobrevivir, algunos con cierto disimulo o encubriéndose porque su situación económica ha cambiado drásticamente; padres y madres que no ven cómo sacar adelante a sus hijos; abuelas que vuelven a hacer de madres, con menos fuerza, y que cuidan a la vez de sus padres, sin tiempo para ellas.

 

También tenemos los ‘afortunados’ perceptores de la RGI, que son pobres -aunque sean accidentales- y en ocasiones son considerados como ladrones o esquilmadores de las arcas públicas, que pueden agotar nuestra fuente de riqueza sacando de ella mayor provecho que el debido.

 

¿Cómo? ¿qué me he salido del guion? Bueno, según se mire, porque a un servidor, películas como esta le mueven las entrañas, afectando al estado de ánimo.

 

Decía el poeta:

 

“Y empiezas a edificar tu mundo de las ideas, en un segundo de intuición para acabar bajo los cimientos, esclavizando tus sentimientos a la razón

 

Y porque sufro y me pongo al lado del oprimido y amordazado que se echa a andar, porque él ha hecho que el mundo gire, y hay que cantarle para que no olvide su malestar.”

 

Personas ‘buenas’, inexpresivas desde lejos, pero tremendamente tiernas, confiadas, y respetuosas en la cercanía, que se conforman con un suspiro de libertad.

 

Un saludo a todos,

 

Juanra

Entradas más recientes
  • Txema
    30 de ene. de 2018

    Estos diálogos secos, actuaciones desangeladas, decorados de un color intenso y escenas reposadas, me han dado la sensación de estar leyendo un comic animado. Su humor absurdo es como un flotador que nos reconforta en el mal trago que pasamos al ponernos en la piel de ese personaje que quiere pasar página del horror vivido. Nos da la esperanza de que a pie de calle derrochamos la solidaridad que los estamentos cortan con sus rígidas reglas. Un abrazo
  • nicolas.mediavilla
    27 de ene. de 2018

    Dos historias de dos sueños imposibles que convergen en la película de Karurismaki, que con su habitual humor irónico, a veces acido, con su fotografía de colores saturados de estética que recuerda a un comic, rebosa de una gran dosis de humanidad. La película está cargada de grandes momentos. Ese inicio que en pocos fotogramas nos describe el recorrido vital de una relación que ha llegado a su fin. No hacen falta palabras. A partir de ahí, el desconcierto nos invade con la actuación contenida de los protagonistas o la mezcla de elementos en desuso y de última generación, mientras transcurren de forma paralela el relato Vikström comerciante que sueña con tener un restaurante y Kaheled inmigrante que sueña ser acogido en cualquier lugar del mundo. Durante toda la película Kaurismaki contrapone la solidaridad entre los perdedores, luchadores y desesperanzados del mundo, sean refugiados políticos, malos comerciantes, alcohólicos perdidos y los Gobiernos europeos, cada vez más alejados de idiosincrasia humanista, escudados en la aplicación de normas abusivas , injusta e inhumanas, con la explicación de que es en beneficio de la comunidad, nuestra comunidad. No es de extrañar que con ese mensaje político, por desgracia, se esté imponiendo una idea xenófoba e irracional y de fácil calado entre los más ignorantes e incultos de nuestra sociedad, verdad reflejada en el estremecedor final, cuando Kaheled es apuñalado por “judío”. Por otro lado, el ingenioso e irónico humor de Kaurismaki, convirtiendo en ilegal al perro que tiene que esconderse junto con el inmigrante ante la inspección del que parece ser el peor restaurante de Helsinki, o el deseo de todo finlandés de abandonar Finlandia, hace que pasemos un rato amable, sin ocultarnos la verdadera razón de su denuncia la crudeza del problema de los inmigrantes.
  • CF Garrido
    25 de ene. de 2018

    Me ha encantado. Me ha gustado el color antiguo, la mezcla de drama y humor ridículo, las canciones traducidas y sobre todo el mensaje de la película. No creo que refleje el verdadero retrato social del país ni que los paisajes mostrados sean la verdadera estampa de Finlandia. Pienso que con esa inexpresividad de los personajes secundarios que van saliendo pretende que el espectador se sienta desorientado y no pueda intuir de primeras si la persona que aparece es "buena" o no. Es lo mismo que podría sentir un emigrante en un país donde no conoce ni idioma ni cultura y que depende totalmente de la amabilidad de las personas para muchas cosas. Yo he conseguido empatizar con el protagonista, sintiéndome a veces un estorbo, a veces decepcionada, otras sorprendida por la solidaridad del que menos esperaba... Es una película que remueve emociones y conciencias. De esas que hay que volver a ver una segunda vez. Que buen ciclo!

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